La Azzurra ganó la Eurocopa después de 53 años. Tras el 1-1, fue 3-2 en los penales contra Inglaterra, que sigue sufriendo…

Los penaltis, el mayor enemigo de la historia reciente de la selección inglesa, castigaron a una rácana Inglaterra y alzaron el vuelo de Italia, que gana la segunda Eurocopa de su historia y se encumbra ante la afición de Wembley (1-1 (3-2)).

La racanería inglesa, desatada desde el gol de Luke Shaw en el minuto dos, fue castigada por los dioses del fútbol en los penaltis, después de que Leonardo Bonucci lograra el empate y mandara el encuentro a la prórroga. En los lanzamientos, Gianluigi Donnaruma se vistió de héroe, paró dos penaltis y entonó el himno italiano en el templo inglés.

La primera Eurocopa para Italia desde 1968, la que le niega la gloria a Inglaterra 55 años después de su último título internacional, en una final que empezó prometiendo locura y acabó por todo lo alto.

No había otra manera de acabar la Eurocopa más loca de todas que con el gol más rápido de la historia de las finales. Menos de dos minutos tardó Inglaterra en enrabietar a su hinchada, loca por pegar saltos, quitarse la camiseta y celebrar algo 55 años después.

Menos de dos minutos tardó el plan de Gareth Southgate en funcionar. Su defensa de tres centrales cobró sentido cuando Kieran Trippier, el carrilero, recibió la pelota en la esquina del área y puso un centro preciso al segundo palo. Di Lorenzo se lo comió completamente y Shaw apareció desde atrás para acomodar la pelota con el interior junto al palo. Una definición exquisita, que lograba su primer tanto con la selección en el mejor momento posible.

Este chispazo de Inglaterra fue seguido de un fútbol eléctrico de las dos selecciones, con el centro del campo italiano apagado y el fluir de las transiciones rápidas, sobre todo a través de los extremos ingleses. Pero esto se apagó rápido, en cuanto los ingleses se dieron cuenta del poder que tenían entre manos, de la ventaja que les daba el gol ante un Italia acostumbrada a no ir nunca por detrás en el marcador.

Los de Roberto Mancini no tenían un plan para atacar en estático. A España le cazaron en una contra, pero aquí Inglaterra no tenía un resquicio. Su línea defensiva era impenetrable para una Italia que atacaba a ráfagas y siempre en solitario. Era una acción entre tres de Chiesa, una carrera de Insigne y poco más. Y así era imposible.

No había juego combinativo en una escuadra que esperaba un partido como el de España y se había dado de bruces ante la aparición de Shaw. Solo Chiesa parecía entender lo transcendental de la final y en sus botas estuvo el empate, en un remate raso que Pickford adivinó instintivamente.

Italia se obcecaba en ataques intrascendentes y tuvo que recurrir a su esencia, al balón parado, para igualar la final. Fue una jugada con mil aristas, un córner peinado en el primer palo y al que Chiellini, al que estaba haciendo penalti, no llegó. Verratti se lanzó en plancha y conectó un cabezazo que sacó Pickford, rebotando la pelota en el palo y quedando a placer de Bonucci, que solo tuvo que empujarla.

Nuevo escenario. Southgate tuvo que reaccionar y desarmó la defensa de cinco. Fuera Trippier y dentro Bukayo Saka. Mount vuelve al medio y el del Arsenal al extremo. Pero había el técnico había hecho los cambios muy tarde. El partido se le había descontrolado y sino fue a más el descalabro fue porque Chiesa, de largo el mejor, se tuvo que ir lesionado.

La salida del mago de la Juve precipitó la prórroga. Una más, la cuarta de Wembley en tantos partidos jugados aquí en esta Euro.

Una prórroga que evidenciaba aún más las carencias de Southgate como entrenador, confiando todo a alguna individualidad de los suyos, mientras que a Italia le bastaba con la posesión y esperar los penaltis. Fue una opción que gustó a ambos, que decidieran los once metros y que la suerte acabara con la agonía de un equipo que busca la gloria desde el 66 y otro desde el 68.

Esta vez no hubo trilero Chiellini. Se lanzó en el lado de la afición inglesa, pero empezó anotando Berardi. Replicó Kane y erró Belotti. No falló Maguire. 2-1 para Inglaterra y toda la presión del mundo para Italia. Bonucci asumió el mando y no decepcionó, a diferencia de un Marcus Rashford que salió exlusivamente para los penaltis y tiró el suyo al palo. 2-2. Vuelta a empezar.

Bernasdeschi lo dejó todo listo para la gloria italiana, cuando Sancho se encontró con la primera gran estirada de Donnaruma. Pero Jorginho le dio emoción, Pickford le sacó el penalti de la victoria. Una alegría efímera, porque Donnaruma, impertérrito, frenó a Saka y mandó la copa a Roma.

La primera para Italia desde 1968, una puñalada al corazón inglés, que tendrá que seguir ansiando algo que rememore la gloria de 1966.

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